Cuando el barro estalla de verdad…

esclatabreda

Lo primero en desplomarse fue el campanario, emblema milenario de la villa. La caída sobre el ayuntamiento y la fatalidad hicieron que tanto el equipo gobernante como la supuesta oposición, llamemosla así, estuviesen reunidos. Solían estar a menudo especulando como saltarse las normativas sobre patrimonio, de tertulianos en algún debate televisivo o aleccionando a oyentes en tertulías radiofónicas. Pero no. Aquella tarde fatal tenían un pleno para decidir quien se quedaba con unas tierras. De un gran zarpazo de escombros el soberbio pueblo se quedó sin sus fuerzas vivas al momento. Tampoco hubieran sabido ni podido solucionar el problema, cosa habitual, con lo que no fue una pérdida muy significativa.

Todo el valle temblaba. El suelo, asentado sobre el barro que hace siglos hizo que, al perderse todas las viñas, sobrevivieran las cuatro estirpes ceramistas más antiguas y que dominaban con mano firme el lugar desde hacia generaciones, se estaba disolviendo como el azucar en un vaso de leche. Volvía ser el pantano primigenio de fango. Un magma frio de color marrón que, como un flan tóxico caducado, aniquilaba cualquier intento de supervivencia. Los edicios más recientes, construidos en una pueblerina burbuja especulativa que no triunfó, se agrietaban como una cazuela mal cocida. Las paredes caían sin remisión y atrapaban a los habitantes, encerrados en sus casas viendo un partido de futbol de la Champions en el que, por cierto, el equipo principal de la nación jugaba contra el Manchester United y perdía. Eso si que era un verdadero desastre para el país. Siempre había importado más el deporte que la vida de las personas para sus gobernantes como se demostró hacía meses con la pandemia. El Fútbol Club Barcelona daba más votos y encima aturdía a la opinión pública. Las víctimas, que morían aplastadas o ahogadas, lo hacian en una penitencia breve por el fallido partido, ya que al instante eran engullidos por las arenas movedizas color terroso que se comían poco a poco plantas, animales y humanos. Todo lo que encontraba por delante era fagocitado. Después vinieron las letales explosiones de gas al reventar las cañerías mal instaladas por ahorrarse una buena instalación. Encadenadas una tras otra, mataron a cualquier ser vivo dentro del término municipal. El último bastión en pie fue el Ateneo del Pueblo. Antaño, era lugar de reunión de los caciques y con entrada prohibida a las mujeres en el café hasta hace pocos lustros. En las últimas décadas había sido muchas cosas, desde discoteca rebosante de droga a espacio de reunión para jovenes votantes manipulados o emprendedores perdidos. Quizá fue toda la mala energía telúrica lo que le hizo resistir como estandarte del orgullo de siglos. Cuando semejaba que algún resto de la sibilina existencia del lugar se perpetuaría, explotó en mil pedazos. Los bólidos que salieron volando llegaron a todas las partes de la comarca. «Por una vez que hacen algo, casi se nos cargan a todos» Esa fue la despreciable opinión de las poblaciones vecinas después de desastre. No quedó nada más que una marisma de arcilla burbujeante sobre la que flotaba algún símbolo amarillo de cuando se quería ser independiente. La desaparecida villa era conocida también por que su servicio de limpieza nunca funcionó demasiado bien y no retiraba las basuras correctamente. Pero eso sí, tal oferta pública había enriquecido a muchas de las familias gobernantes de la comarca desde hacia generaciones, como todo lo que se gestaba en el Sanedrín Comarcal. Un macabro y secreto castigo de la naturaleza había acabado con la apatía que hacia mil años empezó un señor feudal desde su castillo fundando un monasterio pra expiar sus muchos pecados.

Me desperté angustiado. Corrí hacia la ventana y pude comprobar que nada de todo eso había pasado. El pueblo seguía en su sitio. No andaba nadie por la calle. Un viejo solitario con un puro en la boca y sus muletas andaba por la plaza. De vez en cuando pasaba demasiado rápido algún todoterreno enorme, ruidoso y prepotente por las estrechas callejuelas que seguían con la falta de vida y ganas habitual.

Todo seguía como siempre.

No me pregunteís porqué pero me sentí un poco decepcionado.

8)

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