Crónica Toscanas. Primera parte, la llegada.




Mucho me temo que seré acusado de poco patriota o incluso de traidor. Tanto por el flanco “catalanoindepe” como por el españolista. Ambos no han cesado de enviarnos mensajes aleccionadores, imperialistas y pretenciosos de que este verano tocaba visitar “nuestra” tierra para salvar “nuestra” malparada industria turística y “hacer país”. Nunca me ha gustado seguir al abanderado (sea cual sea su bandera) ni ser parte del rebaño (sea cual sea su pastor). Admito que los precios tuvieron mucho ver. El billete del ferry italiano hasta Civitavechia costaba menos de una quinta parte del precio de cualquiera que saliera de nuestras costas hispanas a cualquier destino español: Baleares, Tenerife, África etc. Una buena manera de contribuir al turismo, olé tú. Todos esos barcos decrépitos, por cierto, son propiedad de monopolios españoles de un gobierno que defiende a una monarquia corrupta y al IBEX35 por encima de los derechos, salud o vida de todo bicho viviente. También estaba bastante enfadado por la surrealista gestión que se ha hecho desde la Plaça Sant Jaume durante el confinamiento. Me quería ir lejos del partisano interés partidista por conseguir adictos a la estelada, a cualquier precio de enfermos, que ha sido la desgracia común desde el mes de febrero. Visto todo esto, declaro que me dispuse a ser fiel a mi reputación de gruñón, díscolo y rebelde.

Embarcamos la “Kazuka” en un enorme ferry de la Grimaldi. En comparación con “nuestras” aglomeraciones playeras, el barco iba con una importante reducción en la capacidad de pasajeros por los riesgos de contagio. Ciento ochenta personas de un pasaje que dobla el millar. Furgoneta, perra y persona por un precio de risa, además. Era lógico ir en busca de una de mis grandes ilusiones: dibujar los campos toscanos. Nala y yo nos fuímos, pues, al país desde donde se supone entró el nuevo virus a la vieja Europa. Puestos a correr peligro de contagio, el riesgo era menor de ir a San Gimignano que de ir, por ejemplo, a Sant Miquel del Fai, como las cifras han demostrado. La elección fue fácil y la comparación (disculpadme) odiosa.

La navegación nos resulto plácida y, pese a descubrir el poco interés que tiene Nala a la vida marinera, nos dió la bienvenida un tranquilo mar Tirreno de un azul cobalto que nunca había visto. Entendí por que la vorágine de ragazzi inundan mi adorada y atacada Formentera. Sus costas y edificaciones playeras son exactamente iguales que Es Pujols. Playas repletas de rocas negras, acantilados de color amarillo y casas multicolor de tres plantas pueblan un lugar que rebosa de gente. Todos hablan muy alto y van muy bien vestidos. Imagino que deben tener la sensación de que están en su patria en miniatura al venir. Sentí un poco de rabia hacia el Consell Insular que ha permitido tal degeneración de mi paraiso particular y personal.

Cuando llegamos al puerto de Civittavecchia encontramos unos “viejos amigos”. Creo los reconocereís en la foto. Recordemos que no sólo la pandemía ha sido nefastamente gestionada por nuestros políticos de cualquier color.

La primera pernocta fue en Santa Marinela, población encantadora, elegante y acogedora. Dormimos en una gran explanada de tierra. Un enorme aparcamiento gratuito en el centro de la ciudad entre preciosos pinos, al lado de una suculenta heladería y a dos calles de la playa. Creí que sería una noche movidita y, por el contrario, descubrí lo amables, respetuosos y tranquilos que pueden ser los italianos. ¿Por qué no se comportarán así cuando vienen a nuestras costas?

Después de una rápida escapada dibujil al pequeño Faro de Chivitavechia, en recuerdo a mi anhelado Faro de Barbaria, nos dispusimos a emprender ruta, envueltos por la nostalgia de encontrar Vespas por todos los rincones como en mi juventud.

Rodar por las carreteras toscanas en una furgoneta camper es una experiencia curiosa. Los horizontes son pictóricos y parecen salidos de un “lo-lejos” de Fra Angelico, Da Vinci o Giotto. Los colores, incluso en el seco verano, son fuertes, abrumadores. La vegetación tiene todas las gamas del verde de la paleta. El calor es sofocante. Los pueblos, colinas y casas que cruzas tienen una perfecta armonía. Como si los hubieran puesto allí para pintarlos. Las vistan son tan increibles que cada pocos kilometros, en los arcenes de las carreteras, han dispuesto pequeñas áreas de aparcamiento para poder contemplar las vistas. Hablo de las carreteras secundarias que son mis carreteras, claro. Es una forma sabia de evitar accidentes al quedar hipnotizados por la belleza al conducir. Es de agradecer el poder relajarte un rato de la tensión de medrar con los conductores del país donde incluso el coche más pequeño del mercado está diseñado para la velocidad y la carrera. Para el buen conductor camper de un vehículo “slow-life” es toda una vivencia al límite. Recomiendo dejar paso galantemente de vez en cuando a la cola de Mesalas con cuadrigas de todas las cilindradas que, adosados al suelo, querrán adelantarte como si fueran un ferrari escapado del Mundial de Formula I. Lamborghinis también vimos y adelantamos muchos. Eran tractores que circulaban más despacio que nosotros y que, con mucha educación, nos daban paso. Pequeños placeres del furgonetero que no abundan en la ruralidad gerundenses. Puedo dar fe de ello. ¿Será una característica estúpida de la artificial raza superior que cuatro desalmados quieren hacernos creer que existe entre Blanes y Port Bou?

Entrar en la Toscana por el sur regala al viajero una mirada particular. Despacio, el paisaje cambia del bosque mediterraneo, semejante al que estamos acostumbrados, a otro más meridional y agreste con texturas diferentes y una vegetación que, no por aislada, deja de admirar la retina con todo tipo de hojas de olivos o con las formas más voluptuosas de los cipreses que, por estas latitudes, no se asimilan a los cementerios. Son pequeños gigantes vigilantes dispuestos en fila y rebosantes de vida mileraria.

La sorpresa fue la práctica inexistencia de furgonetas pequeñas camperizadas en toda la tierra italiana que recorrimos. La gran autocaravana es común, pero la furgo talla pequeña no existe. Circulan poquísimos coches Volkswagen. Es la república orgullosa de los FIAT. Te conviertes en una especie de raro especimen que todo el mundo admira como exótico. Me he quedado con la duda del porqué lo asocian con lo americano. Hasta que llegamos a Francia me tomaron habitualmente por un hijo del Tio Sam. Quien me conozca, sabrá que es imposible que me confundan con Tom Hanks o con Brad Pitt. ¡Qué más querría! Lo mio es más de Lluis Omar en horas bajas y me quedo corto. ¿Sería tal vez el estar acompañado por una perra labrador y calzar las Converse habituales? No lo sé. El caso es que nunca en nuestros viajes la indómita “Kazuka” estuvo tan rodeada de fans al aparcar.

CONTINUARÁ

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